¿Te ha pasado que te acuestas a dormir y de pronto tu mente decide abrir veinte pestañas al mismo tiempo? Empiezas pensando en una conversación de hace tres días, luego en una cuenta por pagar, después en algo que dijiste hace diez años y terminas imaginando escenarios que ni siquiera han ocurrido.
No estás solo.
La mayoría de las personas cree que pensar mucho es señal de inteligencia, responsabilidad o preparación. Pero en realidad, muchas veces pensar demasiado es simplemente una forma de intentar controlar aquello que nos genera incertidumbre.
La mente tiene una función maravillosa: ayudarnos a resolver problemas. El detalle es que no sabe distinguir entre un problema real y uno imaginario. Si le das una preocupación pequeña, puede convertirla en una película completa con secuelas, precuelas y edición extendida.
Cuando no sabemos qué hacer, pensamos.
Cuando tenemos miedo, pensamos.
Cuando sentimos dolor emocional, pensamos.
Cuando queremos evitar sentir algo, también pensamos.
Y aquí aparece algo interesante: muchas veces no estamos buscando respuestas. Estamos intentando sentirnos seguros.
Es como una persona que revisa diez veces si cerró la puerta de casa. No busca información nueva; busca tranquilidad. Lo mismo hace la mente cuando da vueltas y vueltas sobre el mismo tema.
Desde una perspectiva más profunda, el exceso de pensamiento suele aparecer cuando perdemos conexión con el momento presente. El cuerpo está aquí, pero la mente viaja entre el pasado y el futuro. Se arrepiente de lo que fue o se preocupa por lo que podría ser.
Por eso muchas prácticas de meditación, respiración consciente, Tai Chi o Qi Gong no buscan apagar la mente. Eso sería una guerra imposible. Lo que buscan es darle a la mente un lugar donde descansar.
Piensa en un lago. Cuando el viento sopla con fuerza, la superficie se llena de olas y no puedes ver el fondo. Pero cuando el viento se calma, el agua se vuelve transparente por sí sola.
La claridad no aparece porque obligaste al agua a quedarse quieta. Aparece porque dejaste de agitarla.
Quizá el problema no es que pienses demasiado.
Quizá el verdadero problema es que hace mucho tiempo no te has regalado un momento de silencio.
Y a veces, la respuesta que buscas no está en pensar más.
Está en respirar, observar y permitir que la vida te muestre aquello que la mente no puede resolver sola.



Deja un comentario