30 segundos pueden salvar tu día: pausa antes de reaccionar

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Hay momentos en los que no necesitas una hora de meditación, irte al Tíbet ni convertirte en maestro zen. 😂

Necesitas 30 segundos.

Porque muchas veces el problema no es lo que ocurrió. El problema es lo que hacemos tres segundos después de que ocurrió.

Te mandan un mensaje que no te gusta.
Alguien te contesta feo.
Tu pareja dice “tenemos que hablar”.
Tu jefe escribe: “¿Puedes venir un momento?”.
Tu hijo hace exactamente eso que le dijiste 14 veces que no hiciera.

Y ¡pum!

Antes de comprender lo que está pasando, ya estamos contestando.

Ese es el punto que quiero proponerte hoy:

No necesitas dejar de sentir. Necesitas crear un pequeño espacio entre lo que sientes y lo que haces.

A eso le vamos a llamar pausa.

No significa tragarte el enojo.

No significa permitir que alguien pase por encima de ti.

Mucho menos significa poner cara de iluminación espiritual mientras por dentro estás pensando: “¡Te voy a aventar por la ventana!”. 😂

Significa algo mucho más práctico:

primero observo; después decido.

El error es querer calmarnos después

Normalmente hacemos todo al revés.

Reaccionamos, gritamos, mandamos el mensaje, discutimos, tomamos una decisión… y veinte minutos después pensamos:

“Chin… eso lo pude manejar diferente.”

Claro.

Porque después ya teníamos información que durante la reacción no nos dimos tiempo de mirar.

Por eso quiero proponerte una práctica absurdamente sencilla:

La pausa de 30 segundos

Cuando algo te mueva emocionalmente, antes de responder:

detente.

No escribas todavía.

No contestes todavía.

No decidas todavía.

Durante 30 segundos observa tres cosas:

¿Qué estoy sintiendo?
Enojo, miedo, tristeza, frustración, vergüenza, desesperación…

¿Qué está haciendo mi cuerpo?
¿Apreté la mandíbula? ¿Contuve la respiración? ¿Subí los hombros? ¿Se cerró el pecho? ¿Estoy respirando rápido?

Y finalmente:

¿Qué quiero conseguir con mi respuesta?

Esta última pregunta cambia muchísimo.

Porque una cosa es preguntarte:

“¿Qué ganas tengo de decir?”

Y otra muy distinta:

“¿Qué resultado quiero producir?”

Ahí comienza la diferencia entre reaccionar y responder.

Reaccionar es dejar que el primer impulso tome el volante.

Responder es recuperar la capacidad de elegir qué hacemos con ese impulso.

Y no necesitas convertirte en una persona que jamás se enoja.

Eso sería otra fantasía.

Puedes estar enojado y elegir tus palabras.

Puedes sentir miedo y no salir corriendo.

Puedes sentirte herido y no devolver inmediatamente el golpe.

Puedes poner límites sin convertirlos en una guerra.

La pausa no elimina la emoción.

Te devuelve capacidad de elección.

Haz hoy un pequeño experimento

No intentes cambiar toda tu personalidad.

Eso da una flojera monumental. 😂

Prueba solamente esto durante un día:

Cada vez que notes que estás a punto de reaccionar impulsivamente, regálate 30 segundos.

Detente.

Respira naturalmente.

Observa tu cuerpo.

Ponle nombre a lo que estás sintiendo.

Y pregúntate:

“¿Lo que estoy a punto de hacer me acerca o me aleja de lo que realmente quiero?”

Después responde.

Tal vez algunas veces decidas decir exactamente lo que ibas a decir.

Perfecto.

La diferencia es enorme:

ya no salió automáticamente de ti; lo elegiste.

Y quizá vivir mejor no siempre empiece haciendo grandes cambios.

A veces comienza evitando una respuesta de la que mañana tendríamos que arrepentirnos.

Hoy prueba una sola pausa.

30 segundos.

Y cuando aparezca ese momento en el que normalmente explotarías, discutirías o mandarías ese WhatsApp…

no hagas nada todavía.

Cuenta conmigo:

30… 29… 28…

A ver quién eres cuando llegues a cero.

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