Todos entendemos que entrenamos cuando hacemos ejercicio.
Entrenamos cuando practicamos Tai Chi.
Entrenamos cuando repetimos una técnica de Qi Gong.
Entrenamos cuando estudiamos algo nuevo.
Pero hay un entrenamiento mucho más silencioso que ocurre todos los días.
Y muchas veces ni siquiera nos damos cuenta.
Porque no solo te entrena lo que practicas.
También te entrena lo que toleras.
Cada vez que permites una actitud, una emoción, un pensamiento o una situación dentro de tu vida, tu mente, tu cuerpo y tu energía empiezan a acostumbrarse a ello.
Si toleras vivir siempre acelerado, entrenas el estrés.
Si toleras vivir desconectado de ti mismo, entrenas la indiferencia.
Si toleras posponer constantemente aquello que sabes que te hace bien, entrenas el abandono personal.
Y aquí está la parte interesante.
Tu cuerpo no distingue entre lo que elegiste conscientemente y lo que simplemente repetiste muchas veces.
Aprende de ambas cosas.
Por eso los hábitos terminan convirtiéndose en nuestra segunda naturaleza.
Lo que repetimos se fortalece.
Lo que fortalecemos se vuelve automático.
Y lo automático termina construyendo nuestra realidad diaria.
La buena noticia es que este principio también funciona a nuestro favor.
Cuando toleras más calma, entrenas calma.
Cuando toleras más paciencia, entrenas paciencia.
Cuando toleras más momentos de silencio, entrenas claridad.
Cuando permites espacios para respirar, descansar y escucharte, entrenas bienestar.
La vida cambia cuando dejamos de preguntarnos solamente qué queremos conseguir y empezamos a preguntarnos:
¿Qué estoy entrenando todos los días?
Porque al final no nos convertimos en aquello que deseamos.
Nos convertimos en aquello que practicamos.
Y muchas veces también en aquello que permitimos.




Deja un comentario