¿Alguna vez te has preguntado a qué olía el entorno sagrado en la antigüedad? En el culto del Antiguo Testamento, ya fuera en el Tabernáculo o en el Templo de Jerusalén, el uso de sustancias aromáticas era una práctica central y cotidiana[1]. Aunque en la geografía de Palestina las esencias odoríferas eran escasas, las montañas del Líbano producían un incienso muy especial al que en lengua hebrea llamaban L’bhonah, una palabra cuyo sonido guarda una directa relación con el propio nombre de la montaña[1][2].
Pero el mapa de los aromas bíblicos no terminaba ahí. Para referirse de forma general a cualquier sustancia olorosa o perfume, la tradición hebrea empleaba la palabra SAM[2]. Dado que la producción local no bastaba para la magnitud de los rituales, las mayores y más valiosas cantidades de incienso debían adquirirse en el extranjero, destacando las célebres caravanas que traían el incienso del país de Saba[2][3]. Junto a este incienso, los textos antiguos citan flores de Chipre, nardo, mirra, azafrán, ámbar, cálamo, acíbar y polvos de especias[3]. Asimismo, la palabra besem (y su plural b’somím) se utilizaba para designar la balsamera y las resinas aromáticas que brotaban de ella[4].
Los profetas del Antiguo Testamento comprendían bien este valor: figuras como Moisés, Isaías y Ezequiel prescribían el uso de esencias, mientras que el sabio rey Salomón dejó instrucciones precisas para fabricar pebetes con fines rituales y médicos[5][6]. El valor de estos tesoros botánicos era tan grande que el pueblo de Israel no solo los reservaba para el santuario, sino que los utilizaba activamente en el comercio como moneda de trueque para adquirir armas[6].
Sin embargo, cuando el pueblo judío perdió su independencia política, el culto organizado llegó a su fin y el uso habitual de aromas sagrados en el servicio divino cesó, pasando a realizarse oraciones en lugar de ofrendas[4][7]. El remanente de esta tradición de esencias se conservó en el ámbito privado a través de la Habdalah («separación»), una costumbre que se remonta a la época de Esra tras la consagración del segundo templo (516 a.C.)[7]. En esta ceremonia al finalizar el sábado, el padre de familia toma el «vaso b’somím», pronuncia una bendición sobre las especias y aspira su vapor aromático para trasladar la paz espiritual del día de reposo a los días de trabajo de la nueva semana[7].
¿Te imaginas incorporar el poder transformador de los aromas en tu rutina diaria para conectar con tu serenidad? Cuéntame en los comentarios qué fragancia te reconecta instantáneamente con tu calma.




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