Puedes estar acostado, con pijama, cobija, celular a un lado y oficialmente “descansando”…
mientras dentro de tu cabeza se está celebrando una junta extraordinaria con 47 pendientes. 😂
El cuerpo está quieto.
La mente no.
Y ahí aparece algo que confundimos con mucha facilidad: creemos que detener nuestra actividad física automáticamente significa descansar mentalmente.
Pero puedes dejar de trabajar y continuar trabajando por dentro:
“mañana tengo que…”
“¿por qué me dijo eso?”
“no se me puede olvidar…”
“¿y si pasa…?”
“debí haber contestado…”
Entonces llega la noche y decimos:
“¡Pero si descansé toda la tarde! ¿Por qué sigo agotado?”
Porque quizá descansaron tus piernas, pero tu atención siguió corriendo detrás de pensamientos, preocupaciones y escenarios futuros.
El error común es intentar detenerlos a la fuerza.
“¡Ya no voy a pensar!”
Y cinco segundos después estás pensando en que no deberías estar pensando. 😂
La alternativa es mucho más amable.
No necesitas dejar la mente completamente en blanco.
Necesitas aprender a regresar.
Prueba esto durante dos minutos.
Siéntate cómodamente y siente tres puntos concretos de tu cuerpo: los pies, las manos y el abdomen.
No analices nada.
Siente.
Después observa tu respiración sin intentar hacerla perfecta.
Cuando aparezca un pensamiento —porque aparecerá— no pelees con él.
Reconócelo y vuelve a sentir el cuerpo.
Pensamiento.
Cuerpo.
Pensamiento.
Cuerpo.
Cada regreso es parte del ejercicio.
Eso cambia completamente la práctica: ya no necesitas ganar una batalla contra tu cabeza.
Estás entrenando algo mucho más útil: la capacidad de decidir dónde colocar tu atención.
Y esto también forma parte del desarrollo humano.
Porque quizá la verdadera calma no consiste en vivir sin problemas, pendientes o pensamientos.
Consiste en descubrir que no tienes que correr detrás de cada cosa que aparece dentro de tu mente.
Esta noche, antes de dormir, regálate dos minutos.
Deja que el cuerpo esté quieto…
y pregúntale suavemente a tu mente:
“¿Todavía estamos corriendo hacia algún lugar?”



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