Déjame empezar con algo que quiero que guardes bien: es completamente normal tener altibajos. No significa que estés fallando. No significa que perdiste disciplina. No significa que “no eres constante”. Significa que eres humano… y que estás en proceso.
Vivimos en una cultura que glorifica la línea recta ascendente: progreso continuo, motivación permanente, energía inagotable. Pero la realidad biológica y psicológica es diferente. El cuerpo funciona en ritmos. La mente funciona en ciclos. Incluso el corazón late en expansión y contracción. ¿Por qué tu crecimiento tendría que ser plano y perfecto?
En psicología del rendimiento se habla de adaptación y supercompensación: primero hay esfuerzo, luego fatiga, luego recuperación y finalmente mejora. Si no hay bajada, no hay subida más fuerte. En entrenamiento deportivo esto es básico. Los grandes atletas lo saben. Los artistas lo saben. Los maestros lo saben.
En las artes marciales internas ocurre lo mismo. A veces sientes que tu práctica fluye; otras veces parece torpe, pesada o desconectada. Pero justamente en esos momentos estás refinando algo más profundo: paciencia, estructura interna, estabilidad emocional.
Mira cualquier proceso natural. Las estaciones cambian. Hay invierno antes de primavera. Hay noche antes de amanecer. En el I Ching, el libro clásico chino, el cambio constante es la única constante. Resistirte a los ciclos solo genera fricción innecesaria.
Ahora hablemos claro: lo que muchas veces llamamos “retroceso” es simplemente ajuste. Tu sistema nervioso se está reorganizando. Tu mente está integrando experiencias. Tu cuerpo está asimilando carga.
He visto alumnos frustrarse porque sienten que no avanzan lo suficiente. Y cuando revisamos con perspectiva, descubrimos que sí avanzaron: solo que no en la dirección espectacular que esperaban, sino en profundidad. Más estabilidad, más claridad, más conciencia.
Y eso vale más que un pico momentáneo de motivación.
Las investigaciones en resiliencia muestran que las personas que aceptan los altibajos como parte del proceso tienen mayor perseverancia a largo plazo. No se paralizan ante la bajada. La usan como impulso.
El problema no es caer. El problema es interpretar la caída como identidad.
No eres tu mal día.
No eres tu semana difícil.
No eres tu error.
Eres alguien en construcción.
En mi experiencia acompañando procesos de entrenamiento físico, emocional y espiritual, he confirmado algo: quienes continúan avanzando no son los que nunca dudan, sino los que siguen caminando incluso cuando dudan.
Y aquí viene algo importante: los altibajos también te enseñan humildad y enfoque. Cuando todo sale bien, es fácil confiarte. Cuando algo se complica, vuelves a la base. Respiras. Ajustas. Recalibras.
Eso fortalece carácter.
Además, el crecimiento sostenido no es intensidad permanente. Es consistencia flexible. Es saber cuándo acelerar y cuándo regular. Es entender que el descanso también es parte del progreso.
Si hoy te sientes abajo, no dramatices. Observa. Aprende. Ajusta un poco. Y sigue.
Porque lo verdaderamente peligroso no es tener un bajón. Es rendirte en medio de él.
Y te lo digo con claridad: el mundo necesita personas que sepan mantenerse en movimiento incluso cuando el ánimo fluctúa. La disciplina madura no depende de emoción alta; depende de decisión clara.
Recuerda esto: las montañas se suben paso a paso, no salto a salto.
Tal vez hoy no tengas la energía de ayer. Está bien. Haz un poco menos, pero hazlo. Mantén el hilo. Mantén el hábito. Mantén la dirección.
Porque la diferencia entre quien logra algo grande y quien se queda a medio camino no es la ausencia de altibajos. Es la continuidad.
Y hay algo que quiero que tengas presente: el momento en el que más ganas de abandonar tienes suele ser el momento previo a un nuevo nivel de comprensión.
No desperdicies ese umbral.
Acepta los ciclos. Respeta tus ritmos. Aprende de la bajada. Y sigue adelante.
No porque sea fácil.
Sino porque vale la pena.




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