Te voy a decir algo que puede cambiar tu rumbo sin que tengas que mudarte, renunciar ni empezar de cero: la energía de las personas con las que convives se te pega.
Y no lo digo en sentido místico solamente —aunque también lo es—. Lo digo desde la psicología, desde la neurociencia, desde la experiencia práctica de trabajar con personas todos los días.
Somos seres profundamente sociales. Nuestro sistema nervioso está diseñado para sincronizarse con el entorno. Existen neuronas espejo que replican internamente lo que vemos en otros. Si estás rodeado de tensión constante, tu cuerpo aprende tensión. Si estás rodeado de entusiasmo y propósito, tu cuerpo aprende expansión.
La energía es contagiosa.
No necesitas que alguien te convenza con palabras. Basta con estar cerca. Basta con compartir espacio. El estado emocional de los demás influye en tu respiración, en tu postura, en tu tono de voz, en tu nivel de motivación.
Ahora piensa en algo muy sencillo:
¿Te has dado cuenta de cómo cambia tu ánimo dependiendo de con quién pasas tiempo?
Hay personas que, después de hablar con ellas, te sientes ligero. Inspirado. Con ganas de hacer cosas.
Y hay otras con las que terminas drenado, confundido o pesado.
No es que alguien sea “bueno” o “malo”. Todos estamos en procesos distintos. Pero sí es una realidad que la frecuencia emocional se comparte.
Y aquí quiero ser muy claro: rodearte de personas positivas no significa vivir en fantasía ni negar los problemas. Significa estar cerca de personas que, aun en dificultad, eligen construir en lugar de destruir. Personas que asumen responsabilidad, que buscan soluciones, que celebran tus avances en lugar de minimizarlos.
Eso cambia todo.
En el entrenamiento lo veo constantemente. Cuando alguien practica en un grupo disciplinado y motivado, su progreso se acelera. No porque mágicamente mejore su técnica, sino porque su mente se alinea con una actitud de crecimiento.
La energía colectiva empuja.
En cambio, cuando alguien se rodea de crítica constante, queja permanente o cinismo, empieza a normalizar esa visión. Sin darse cuenta, adopta el mismo lenguaje interno.
Y tú no naciste para vivir apagado.
Tal vez estés pensando: “Pero no siempre puedo elegir con quién trabajo o convivo”. Es verdad. No todo está bajo nuestro control. Pero sí puedes decidir cuánto tiempo expones tu mente a ciertos entornos. Sí puedes elegir tus círculos cercanos. Sí puedes seleccionar qué conversaciones alimentas.
Y algo todavía más importante: puedes convertirte tú en esa persona positiva para otros.
La positividad real no es ingenuidad. Es responsabilidad emocional. Es decidir que tu presencia aporte claridad, ánimo y dirección. Es elegir palabras que construyan. Es reconocer lo valioso en los demás sin exageraciones ni falsedades.
He visto transformaciones enormes cuando alguien cambia su entorno. Personas que llevaban años dudando de sí mismas florecen cuando están en un espacio donde se les reconoce su potencial.
Porque cuando alguien cree en ti con honestidad, algo se activa.
Y quiero decirte algo con sinceridad: tú también influyes más de lo que imaginas. Tu postura, tu forma de hablar, tu manera de reaccionar, contagian.
Por eso es tan importante revisar el círculo.
Pregúntate:
¿Las personas con las que más convivo me acercan a la versión de mí que quiero ser?
¿Las conversaciones que tengo alimentan mi crecimiento o lo limitan?
No se trata de abandonar a nadie ni de juzgar procesos. Se trata de elegir conscientemente dónde quieres nutrirte.
La energía positiva no es ruido superficial. Es dirección, es enfoque, es posibilidad.
Y en tiempos donde la información es constante y el estrés colectivo es alto, elegir entornos saludables se vuelve una decisión estratégica, no un lujo.
Tu mente necesita espacios donde se hable de soluciones.
Tu cuerpo necesita ambientes donde no esté siempre en alerta.
Tu espíritu necesita compañía que recuerde tu propósito cuando tú lo olvidas.
Rodéate de personas que celebren tu avance.
Rodéate de personas que te reten a crecer.
Rodéate de personas que, incluso en dificultad, mantengan dignidad y esperanza.
Porque al final, la energía que respiras todos los días moldea tu carácter.
Y la pregunta no es si te influye o no.
La pregunta es: ¿qué tipo de influencia estás permitiendo?
Elige bien.
Tu futuro se está formando ahora mismo, conversación por conversación.



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