Déjame empezar con algo simple y honesto:
nadie cuida lo que no valora. Y muchas veces no comemos mal por ignorancia, sino porque hemos olvidado el valor real del cuerpo que habitamos.
Tu cuerpo no es un estorbo que hay que aguantar.
No es un vehículo desechable ni una máquina que funciona “hasta que truene”.
Tu cuerpo es el espacio donde ocurre tu vida. Donde respiras, piensas, amas, trabajas, sanas y sueñas. Tu cuerpo es tu templo.
Y lo que entra en él importa más de lo que solemos aceptar.
La tesis es clara: lo que comes construye quién eres
Comer saludable no es una moda, ni un castigo, ni una obsesión estética.
Es una decisión diaria de coherencia interna.
Cada alimento que eliges se convierte en energía, en tejido, en pensamiento, en emoción. No es poesía: es biología básica.
Lo que nutre, fortalece.
Lo que sobrecarga, inflama.
Lo que intoxica, apaga.
Si quieres claridad mental, estabilidad emocional y vitalidad física, la alimentación no es negociable. Es la base.
No se trata de perfección, se trata de conciencia
Aquí viene la parte humana, porque todos estamos en esto.
Vivimos con prisa, estrés, cansancio y mil estímulos que nos empujan a comer rápido, mal y sin atención. No es falta de voluntad, es desconexión.
Pero hay una diferencia enorme entre comer por inercia y comer con respeto.
Cuando eliges alimentos reales, cuando escuchas tus señales internas, cuando comes con horarios y atención, el cuerpo responde.
Se desinflama.
Se regula.
Se ordena.
Y no porque seas “disciplinado”, sino porque el cuerpo sabe sanar cuando deja de ser agredido.
La evidencia está en la experiencia cotidiana
No hace falta irse muy lejos. Basta observar a las personas que han cambiado su forma de comer de manera consistente:
duermen mejor,
tienen más energía estable,
menos ansiedad,
mejor digestión,
mayor claridad emocional.
No es casualidad. Es consecuencia.
La alimentación adecuada no promete milagros, pero crea el terreno para que el cuerpo haga lo que sabe hacer: equilibrarse.
Autoridad sin rigidez: el cuerpo siempre habla
Desde la experiencia clínica, terapéutica y de práctica corporal, una cosa es clara:
el cuerpo siempre manda señales antes de enfermar.
Cansancio constante, inflamación, niebla mental, irritabilidad, falta de enfoque… no son normales, son mensajes.
Y muchos de esos mensajes tienen raíz en lo que comemos y en cómo comemos.
Tratar de meditar, entrenar o sanar sin atender la alimentación es como querer limpiar un templo mientras sigues aventando basura dentro.
Comer saludable es un acto espiritual cotidiano
No en el sentido místico exagerado, sino en el más concreto:
cada comida es una oportunidad de alinearte contigo.
Cuando eliges bien, te estás diciendo:
“me importo”,
“me cuido”,
“me respeto”.
Y ese mensaje, repetido todos los días, transforma más que cualquier discurso motivacional.
El momento es ahora
Porque el cuerpo no espera.
No guarda facturas para después.
Cada día suma o resta.
No necesitas cambiar todo de golpe, pero sí empezar hoy.
Un alimento mejor.
Una comida más consciente.
Un hábito menos automático.
Cuidar lo que comes no es restricción.
Es honra.
Y un templo que se honra… responde con vida.





Deja un comentario