Hay una verdad sencilla que muchas veces pasamos por alto: nadie puede dar lo que no siente que tiene. Dar no es solo un acto externo, es un estado interno. Cuando una persona vive con pensamientos claros, emociones positivas y una conexión real con Dios, algo cambia por completo: deja de vivir desde la carencia y empieza a moverse desde la abundancia.
La clave no está en acumular, sino en compartir.
Cuando vivimos cerca de Dios —entendiendo a Dios como la fuente de sentido, orden, amor y propósito— surge una confianza natural. No una confianza arrogante, sino una certeza tranquila: hay suficiente. Desde ahí, dar no se siente como pérdida, sino como expresión natural de plenitud. En cambio, cuando vivimos dominados por el miedo, la culpa o la sensación de separación, aparece la urgencia de recibir, de llenar vacíos, de proteger lo poco que creemos tener.
Esto no es solo una idea espiritual; es una realidad psicológica observable. Las personas que viven atrapadas en la escasez emocional tienden a cerrarse, a desconfiar, a calcular cada gesto. Las que viven conectadas a un sentido profundo de vida, en cambio, dan incluso cuando no se sienten perfectas, porque saben que la fuente no se agota.
Hay algo todavía más interesante: muchas veces otros nos piden porque ven en nosotros algo que nosotros mismos no reconocemos. Nadie le pide agua a un pozo seco. Cuando alguien se acerca a pedir, es porque percibe que ahí hay algo para compartir. A veces los demás confían más en nuestra capacidad de dar que nosotros mismos.
Compartimos cuando estamos llenos de pensamientos claros, emociones estables y una visión amplia de la vida. Cuando la mente se llena de ruido, miedo o distracción, se nubla la percepción y aparece la creencia de que “no alcanza”. Y cuando creemos que no alcanza, cerramos las manos… y también el corazón.
Dar no siempre es dinero. A veces es tiempo, presencia, escucha, palabra, guía, contención. Y lo más paradójico es que dar fortalece, no debilita. La experiencia humana, la espiritualidad y la psicología coinciden en esto: el acto de compartir refuerza la sensación de sentido, pertenencia y valor personal.
Hoy más que nunca, en un mundo cansado, tenso y fragmentado, compartir se vuelve urgente. No porque el mundo lo exija, sino porque dar es una forma de recordar quién eres y desde dónde eliges vivir. Cuando compartes, confirmas que no estás vacío. Y cuando eliges vivir así, la abundancia deja de ser una promesa futura y se vuelve una experiencia presente.
La clave es simple, pero poderosa:
cuando estás lleno, compartes.
cuando compartes, confirmas que estás lleno.




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